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Humboldt alerta sobre especies invasoras, tras recientes incendios en páramos
Humboldt alerta sobre especies invasoras, tras recientes incendios en páramos
autor
Instituto Huboldt
publicación
2.10.26

Ante la actual temporada de incendios, el Instituto explica qué factores están aumentando la vulnerabilidad de los páramos y advierte que la recuperación posterior al fuego no siempre requiere una siembra inmediata.

Los incendios que han afectado los páramos colombianos no son eventos aislados. Su recurrencia plantea un desafío para la conservación de estos ecosistemas y para los servicios ecosistémicos que prestan a las comunidades, especialmente en materia de regulación hídrica.

Un estudio reciente de la Universidad del Rosario, desarrollado en el marco del proyecto GEF Páramos para la Vida, estima que entre 1985 y 2022 el fuego afectó cerca del 15 % de los páramos del país, equivalentes a aproximadamente 637.000 hectáreas (una extensión similar a la del Parque Nacional Natural Sierra de La Macarena o a casi todo el departamento de Caldas). 

En ese mismo periodo, cerca de un tercio de la superficie del páramo de Sumapaz y hasta el 81 % de la Serranía del Perijá registraron afectaciones por fuego.

Para José A. Muñoz, investigador del Centro de Soluciones Basadas en la Naturaleza del Instituto Humboldt, estos datos evidencian la necesidad de pasar de una respuesta centrada exclusivamente en apagar incendios a una estrategia basada en el manejo integral del fuego que permita comprender sus causas, comportamiento y efectos sobre los ecosistemas.

“El reto no es solamente responder cuando aparece el fuego. Necesitamos entender dónde, cuándo y por qué se producen los incendios, qué factores pueden hacerlos más complejos y cómo se recuperan los ecosistemas después de estos eventos. Esta información debe orientar tanto la prevención como las decisiones de restauración ecológica” explica Muñoz.

Especies invasoras: un factor que requiere mayor atención

Entre los factores que deben ser considerados está la presencia de especies vegetales introducidas y con potencial invasor que pueden modificar las condiciones en las que se desarrolla el fuego.

Pinos, eucaliptos, acacias y retamos provienen de regiones con una historia evolutiva asociada al fuego. En los ecosistemas colombianos, estas especies producen grandes cantidades de hojarasca y material vegetal muerto, varias logran formar poblaciones densas y pueden mejorar la continuidad del combustible disponible para quemarse durante un incendio.

Además, algunas poseen características que les permiten sobrevivir, rebrotar y colonizar rápidamente las áreas afectadas por incendios. De esta manera, el fuego puede favorecer su expansión y contribuir a transformar la composición y estructura de los ecosistemas.

“En zonas donde existen especies invasoras debemos prestar especial atención a la relación entre cobertura vegetal, cargas combustibles y fuego. No significa que la presencia de estas especies explique por sí sola un incendio, pero sí que puede convertirse en un factor relevante para su comportamiento y para la recuperación posterior del ecosistema”, añade Muñoz.

Según información analizada por el Instituto Humboldt, el 99 % de los eventos de fuego registrados en Colombia está relacionado con causas humanas, entre ellas quemas que se salen de control, turismo no gestionado, cerillas y colillas de cigarrillo.

Por eso, el Instituto señala que las áreas de páramo y alta montaña donde confluyan especies invasoras, vegetación susceptible de quemarse y condiciones de déficit hídrico deberían recibir especial atención durante las temporadas de menor precipitación.

Iguaque muestra la complejidad del problema

La situación reciente del Santuario de Flora y Fauna Iguaque, en Boyacá, permite observar algunas de estas condiciones.

El área protegida se encuentra entre los 2.400 y los 3.890 metros sobre el nivel del mar. Su sector sur y suroccidental presenta mayor intervención humana, suelos degradados y un historial importante de incendios, además de herbazales dominados por helecho marranero, pastos exóticos, y con presencia de pinos, eucaliptos y acacias.

En esa zona también existen áreas de vegetación xerofítica, adaptada a condiciones de menor disponibilidad de agua, e investigaciones previas han documentado afectaciones y fragmentación de los robledales del área protegida asociadas a incendios recurrentes.

Desde el 19 de septiembre y durante 10 días un incendio que inició en el municipio de Villa de Leyva y se extendió hacia el Santuario, afectó según balances preliminares del gobierno, cerca de 1.400 hectáreas en total. Para Muñoz, situaciones como esta muestran por qué la gestión del fuego debe incorporar las características particulares de cada territorio.

“Un incendio no se comporta igual en todos los lugares. La historia de disturbios de la zona, la pendiente, las condiciones climáticas, el tipo, cantidad y continuidad del combustible, y la presencia de determinadas especies pueden modificar considerablemente su comportamiento. Por eso necesitamos información local para prevenir y responder mejor”, afirma el investigador.

Después del incendio, no siempre hay que sembrar

La gestión del fuego no termina cuándo se extinguen las llamas. Una de las decisiones más importantes viene después: determinar cómo debe recuperarse el ecosistema afectado.

Aunque los páramos suelen presentar procesos de recuperación lentos, su respuesta al fuego puede ser muy variable. En algunos casos, el propio ecosistema cuenta con bancos de semillas en el suelo y con especies capaces de rebrotar después del incendio.

Incluso plantas que parecen completamente muertas pueden recuperar su crecimiento desde las raíces, la base de los tallos o determinadas yemas. Algunos frailejones, por ejemplo, pueden rebrotar después de un evento de fuego a partir de yemas apicales (brotes jóvenes ubicados en la punta de tallos o ramas y que permiten el crecimiento vertical).

Por esta razón, el Instituto Humboldt advierte que un incendio no debe conducir automáticamente a una intervención de siembra.

“Después de un incendio, la primera pregunta no debería ser cuánto tenemos que sembrar, sino qué capacidad tiene el ecosistema para recuperarse por sí mismo. Hay que evaluar la severidad del incendio, las condiciones del suelo, la disponibilidad de semillas o propágulos de especies nativas en la zona que puedan favorecer la regeneración natural y otros factores antes de decidir si es necesaria una restauración activa”, explica Muñoz.

Las intervenciones prematuras pueden incluso ser contraproducentes. En condiciones de sequía y con el suelo alterado por el incendio, las plantas sembradas pueden no sobrevivir y convertirse en nuevo material combustible.

El caso de los frailejones requiere, además, especial cuidado. Estas plantas presentan una alta diversidad y muchas especies están asociadas a determinados páramos. Por ello, trasladar semillas o plántulas de un páramo a otro sin criterios ecológicos puede afectar la recuperación de las poblaciones locales.

“Restaurar no significa simplemente plantar. En los páramos debemos preguntarnos qué especies corresponden a cada territorio y cuándo es realmente necesario intervenir. La regeneración natural también es una forma de restauración y, en determinadas circunstancias, puede ser la mejor opción”, señala el investigador.

Un estudio reciente de la Universidad Industrial de Santander sobre un área afectada por un incendio en el páramo de Santurbán en enero de 2024 encontró una recuperación cercana al 90 % de la vegetación del área de estudio respecto de áreas próximas más conservadas, dos años después del incendio. El resultado corresponde a un sitio específico y no permite extrapolar automáticamente la respuesta a todos los páramos, pero refuerza la necesidad de estudiar la regeneración natural antes de asumir que una intervención activa es indispensable.

Del “apagar el fuego” al manejo integral

Para el Instituto Humboldt, la respuesta a los incendios de páramo requiere avanzar hacia un manejo integral del fuego, que articule prevención, conocimiento científico y local, preparación comunitaria e institucional, atención oportuna de emergencias y estrategias de recuperación posterior acordes a cada territorio.

Esto implica fortalecer el monitoreo de las áreas vulnerables, comprender mejor la relación entre incendios y especies invasoras, mejorar la articulación entre comunidades y autoridades y evaluar la recuperación de las áreas quemadas antes de definir acciones de restauración. 

Precisamente, en el marco del proyecto GEF Páramos para la vida, el Instituto Humboldt conformó y ha estado fortaleciendo cerca de 24 brigadas voluntarias comunitarias en áreas de páramo, con comunidades campesinas, indígenas y otros grupos focales, orientadas a la prevención de incendios, la generación de alertas oportunas y cuando se requiera, apoyo logístico a los cuerpos operativos de los municipios durante las emergencias.

“Tenemos que transitar de pensar únicamente en cómo apagar el fuego a gestionar el fuego. Eso significa prevenir, prepararnos, responder oportunamente y, después del incendio, acompañar la recuperación del ecosistema con información científica y con la participación de las comunidades reconociendo sus saberes y su importante rol en la conservación de los territorios que habitan. En algunos casos será necesario intervenir; en otros, la mejor decisión puede ser dejar que el ecosistema se regenere naturalmente y monitorear este proceso”, concluye Muñoz.

Comprender esa dinámica es fundamental para proteger la biodiversidad de los páramos y los servicios ecosistémicos que estos territorios proporcionan, entre ellos la regulación hídrica de la que dependen numerosas comunidades.

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