Viernes 03 de Agosto de 2012 00:00

Editorial: Una política para la vida

Un documento que busca garantizar, sobre una base realista, la preservación de la naturaleza sin descuidar el potencial que tiene la biodiversidad para mejorar el bienestar de la gente.

 

 

Colombia estaba en mora de formular una estrategia para defender su biodiversidad. Era una tarea pendiente desde 1995, cuando el Congreso ratificó el Convenio de Diversidad Biológica. Irónico si recordamos que vivimos en el segundo país más rico en especies del planeta.

 

Llenar este vacío es lo que pretende la Política Nacional para la Gestión Integral de la Biodiversidad y sus Servicios Ecosistémicos, presentada la semana pasada en Bogotá y en la que trabajaron durante cuatro años el Ministerio de Ambiente y el Instituto Humboldt.

 

El documento va más allá de establecer líneas estratégicas y replantea, de manera bastante audaz, la relación con la biodiversidad, al dejar de asumirla en términos de cantidad de especies y definirla, más bien, en relación con los servicios que presta. Al tiempo, rompe con el modelo de gestión ambiental existente, que ponía a la investigación, la conservación y el uso sostenible a transitar por caminos paralelos sin nunca tocarse.

 

Este giro tiene también la virtud de marcar un sano punto medio entre el conservacionismo dogmático y ciertos modelos de desarrollo desbocado. Su ideal es garantizar, sobre una base realista, la preservación de la naturaleza sin descuidar el potencial que tiene la biodiversidad para mejorar el bienestar de las personas.

 

Así, la política contempla, por ejemplo, fijar umbrales en lugar de eventuales prohibiciones de acceso a ciertas zonas con recursos naturales. Los umbrales son el margen de intervención que puede tener una actividad sin poner en riesgo el ecosistema.

 

Al tiempo que abre una veta en la que la biodiversidad deja de ser una camisa de fuerza, el documento presentado incluye acciones para que diversos sectores se unan y logren "recuperar la gobernanza de los procesos vitales".

 

Esto es, acomodar nuestras actividades a la naturaleza y no esperar a que sea ella la que se adapte a la especie humana. Y es que, como ya comienza a verse, el precio de quedarse quietos en este asunto son ecosistemas que, a pasos acelerados, van dejando de ser compatibles con el hombre.

 

Y si ello ha ocurrido es porque hasta ahora las políticas públicas del país habían carecido de un claro enfoque "ecosistémico". Eso es lo que busca la iniciativa, que ahora enfrenta el difícil reto de pasar a los hechos.

 

Al no tener fuerza de ley, son claves el apoyo y la promoción efectiva que pueda recibir del Gobierno. La idea es posicionarla como una guía, una hoja de ruta de otras políticas territoriales y sectoriales -aguas y bosques, por ejemplo- y así garantizar que no sea solo un compendio de buenas intenciones, sino un gran denominador común de las acciones estatales en la materia.

 

Simultáneamente, hay que fortalecer a las autoridades ambientales -las CAR-, junto con el sistema nacional de ciencia y tecnología. El reto es darle el lugar que se merece al patrimonio natural que tiene el país y que este no se quede sólo como motivo de orgullo. 

 

Son tales aportes, puntuales y valiosos en defensa de una causa que, a pesar de algunos esfuerzos, ha carecido de un plan de acción estructural de largo plazo. La propuesta cumple con dicho objetivo sin cerrarle el camino al desarrollo, buscando que este sea, en lo posible, sostenible.

 

A los ecosistemas hay que conocerlos para saber aprovecharlos con respeto, pues se trata nada menos que de nuestra presencia en el planeta. Y no olvidar que, en últimas, son, como acertadamente los describió la directora del Instituto Humboldt, Brigitte Baptiste, "el piso firme de las locomotoras".

 

Tomado de: www.eltiempo.com