Domingo 05 de Agosto de 2012 00:00

Rescatadores de orquídeas

Por: Angélica María Cuevas G.

En la misma zona donde hace dos semanas el Eln secuestró a una periodista y una ingeniera ambiental, en Arauca, un grupo de biólogos se juegan la vida salvando plantas en vía de extinción.


‘Trichocentrum carthagenense’

 

En las madrugadas, antes de meterse monte adentro en busca de orquídeas y bromelias que podrían desaparecer arrasadas por la construcción del oleoducto Bicentenario, Alejandro Calderón y un equipo de biólogos que lo acompañan repiten en sus cabezas un mantra: Si el pasto está muy alto, no entro. Si hay un pozo de agua sospechoso, no me acerco. Si veo que el terreno no tiene huellas de ganado, no lo piso. (Vea aquí las galerías de los recatadores)

 

El pasado 8 de marzo, mientras se trepaban en un helicóptero rumbo a la vereda Cravo Totumo, en Tame, Arauca, Alejandro y su colega Mauricio Casas volvieron a repetirlo. Los acompañaban tan sólo 10 militares, en lugar de los 50 hombres del Batallón Energético Vial, que junto con sus perros antiexplosivos les han servido de guardaespaldas durante el último año como contratistas de la multinacional Sicim —una de las empresas aliadas del consorcio del oleoducto Bicentenario—, para resarcir el impacto ambiental que traerá la construcción de las obras que se extienden, en su primera fase, por más de 230 kilómetros.

 

“Los militares estaban aterrorizados, se preguntaban por qué arriesgaban sus vidas cuidando a unos muchachos que venían a rescatar plantas que para ellos son maleza. Y es que el día anterior dos de sus compañeros habían muerto al otro lado del río, después de que estallara una mina. Menos mal los ríos trazan fronteras”, dice Alejandro.

 

Al llegar a la vereda, los dos biólogos señalaron a los militares los árboles que querían explorar. Los uniformados, con un ojo entrenado para detectar posibles campos minados, caminaban despacio. Cuidando cada movimiento. Alejandro y Mauricio los seguían en fila india. Obedientes. “Nunca se pisa tranquilo”, dice Calderón.

 

Iban, sin embargo, impacientes. El reloj corría. Antes de las 2:00 p.m. tendrían que estar de regreso en el pueblo. A partir de esa hora cualquier cosa puede pasar. En Tame, como en Yopal, Nunchía, Paz de Ariporo y otros de los lugares de Arauca y Casanare, que han visitado para recoger epífitas amenazadas, es difícil adivinar de dónde vendrá el próximo ataque.

 

“A esa hora siempre hay que guardarse” y las precauciones regresan a la cabeza: no hablar con nadie, no comentar el proyecto, no decir que soy biólogo, no salir a la calle sin avisarles a los militares, no salir. Cualquiera puede ser informante.

 

Fotosíntesis, el proyecto liderado por Calderón y Casas, ha trasladado 2.000 plantas epífitas (que crecen en los árboles) desde estas zonas en conflicto hacia la reserva La Marteja, en Casanare, donde son cuidadas y monitoreadas diariamente para garantizar que sigan con su ciclo de vida, no se extingan y dejen una nueva generación.

 

“Estamos creando un protocolo de rescate y siembra para la preservación de orquídeas que es nuevo en el país. Me apasiona ir y hablarles a las comunidades y a sus niños sobre preservación. Aunque no dejo de sentir miedo, y mi esposo y mi familia no dejan de preocuparse”, dice Cynthia Pinzón, bióloga del proyecto.

 

El contrato del rescate pronosticaba un mes de trabajo de campo, los plazos se han venido alargando hasta completar casi un año. Las cosas se hacen al ritmo de la guerra. Las intimidaciones de los grupos guerrilleros, sumadas al retraso en la adjudicación de la licencia ambiental y las demoras en la negociación de los predios, tienen retrasadas las obras de la primera fase del oleoducto, que desde Araguaney en Yopal (Casanare) y Banadía en Saravena (Arauca) debía estar listo a finales del año pasado.

 

En Fortul y Saravena “la cosa está inasequible”, dice Alejandro Calderón. Más ahora que el Eln declaró a todos los contratistas del oleoducto: objetivo militar. Para muchos analistas más que hacerle oposición al proyecto, los guerrilleros buscan liquidez a través de los secuestros extorsivos.

 

Los biólogos tienen motivos para sentir miedo. El 25 de junio José del Carmen Aguilar, un funcionario de la empresa de energía ISA, fue encontrado muerto en Saravena después de estar secuestrado 36 días por el Eln. Pedían $200 millones por su liberación.

 

Casi un mes más tarde, el 20 de julio, los violentos balearon al arquitecto y contratista del Bicentenario, José Ricardo Mora. Ocurrió en la vereda Santa Elena, a pocos kilómetros de la cabecera municipal de Tame.

 

Cuatro días después, también en Saravena, el Eln regresó para secuestrar a otras dos contratistas del oleoducto. La periodista Élida Parra Alfonso y la ingeniera ambiental Yina Paola Uribe Villamizar.

 

Cynthia se estremece recordando estas noticias, “cuando nos enteramos de esas muertes, explosiones y secuestros preferimos esperar un poco a que esté más seguro el ambiente”.

 

Mientras muchos huyen de la guerra, ¿qué lleva a estas personas a arriesgar la vida por una orquídea? “Esa es la vida de los biólogos en toda Colombia, estar siempre expuestos al peligro. Hay que defender las ideas hasta donde se pueda, pero quizá llegue un momento en el que tengamos que desistir”, responde Alejandro.

 

Tomado de: www.elespectador.com